Las reuniones de los primeros cristianos (durante los siglos I y II d.C.) eran muy diferentes a los servicios religiosos que conocemos hoy en día. No tenían iglesias, templos ni catedrales; su fe se vivía en un entorno íntimo, comunitario y, a menudo, semiclandestino.
El centro de la actividad eran las iglesias domésticas (domus ecclesiae). Los creyentes se reunían en las casas de los miembros más acomodados que tuvieran espacio suficiente (como el atrio o la sala principal).
Estas reuniones se caracterizaban por cuatro elementos clave:
